El nacimiento de Óliver en el Hospital de Torrejón

Posted in Maternidad by
Historia de parto
Hicimos a Óliver un fin de semana en Lisboa después de algunos meses intentándolo. Tenía el presentimiento de que ese sería mi mes, lo sabía desde meses anteriores en los que lo intenté con menos entusiasmo, sabiendo que Lisboa nos lo regalaría. Paseaba por la ciudad acariciándome la tripa y pensando en la vida que acabaríamos de crear en mi interior.
Vino en Lisboa, pero llevábamos hablando de él muchos años. Algo dentro de mí sabía que sería un niño, antes incluso de quedarme embarazada. Hacíamos planes para él, pensábamos en cómo sería nuestra vida e incluso compramos varias cositas con su nombre. No cabía la posibilidad de que fuese una niña. Sabía que era mi pequeño y que su nombre sería Óliver.

El embarazo fue tranquilo y apacible, cargado de paseos, mimos y charlas con nuestro bebé. El único susto nos lo dio un ginecólogo privado en la semana 8, cuando fuimos a hacernos la primera ecografía. Nos dijo que el latido de ese embrión era muy débil, y que probablemente no continuaría allí la semana siguiente cuando volviéramos a su consulta. Después de una semana terrible volvimos y allí estaba su corazoncito latiendo como un caballo galopando. Resultó que fue concebido una semana más tarde de lo que me correspondía por FUR (aún no lo entiendo…) y que estaba embarazada de una semana menos de lo que creía. En su momento le odié, pero al final del embarazo, cuando Oli se retrasó, agradecí a ese médico su aportación, pues modificando mi fecha probable de parto nos regaló una semana más de esperar a que Óliver decidiera salir cuando estuviera listo.
Mi fecha probable de parto, Nochevieja, llegó y pasó sin que Oli asomase la naricilla. Las llamadas y mensajes se iban sucediendo, preguntándome cuándo pensaba nacer mi hijo y volviéndome loca. Fueron días que ahora recuerdo como raros, bebiendo litros y litros de infusión de hojas de cerezo, botando en mi pelota, dando paseos interminables y viendo de nuevo Friends con Luis. Alternaba entre querer ponerme de parto cuanto antes y querer esperar a que mi hijo estuviera listo para salir.
En el Hospital de Torrejón, que es de baja intervención, no me citaron para monitores hasta la semana 41+2, el lunes 9 de enero. Los monitores no mostraban dinámica de parto pero un tacto reveló que estaba dilatada de 1cm y con el cuello borrado al 50%, por lo que a pesar de que podría llevar así semanas, me ofrecieron hacerme la maniobra de Hamilton ese mismo día y volver al día siguiente para inducción si no me ponía de parto yo sola. Me negué, queriendo darle a Óliver la oportunidad de salir por su propio pie, y me citaron el miércoles para ver de nuevo cómo iba y ofrecerme otro Hamilton si nada había cambiado.
El martes 10 de enero por la mañana, 41+3, fui al baño al volver de uno de nuestros larguísimos paseos y vi que estaba expulsando el tapón mucoso. Llevaba todo el día con contracciones, igual que muchos días atrás, así que no le había dado importancia. Eran algo molestas pero ya estaba harta de hacerme ilusiones. Comimos unos spaghetti con salchichas charlando de todo y de nada, mientras las contracciones iban subiendo en intensidad y se hacían cada vez más seguidas, así que a la hora de la siesta me senté en el sofá a cronometrarlas durante una hora. Venían cada 6-4 minutos, duraban uno y dolían bastante más que las que había tenido hasta entonces. O eso pensé en ese momento, porque comparado con las que vinieron luego… ¡aquello no era nada!
Pasada la hora empecé a convencerme de que estaba de parto. Eran ya las 5 de la tarde y quise esperar un poco en casa, para ir dilatando y esperar a que pasara la hora punta de tráfico antes de dirigirnos hacia el hospital. Salimos a dar un paseo, el último antes de ser tres. Nos mirábamos todo el rato ilusionados y yo hablaba a la barriga y la acariciaba, recordando a mi hijo que éramos un equipo y que yo iba a estar a su lado en todo momento. Con cada contracción tenía que pararme y apoyarme en un árbol o una farola. La gente con la que nos cruzábamos nos miraba con una sonrisa, o eso me parecía a mí, que estaba como en una nube.
Al llegar a casa dediqué otro rato a descansar y cronometrar a ver cómo iba la cosa, y las contracciones eran ya cada 4 minutos. Seguía expulsando tapón, manchado de sangre y mezclado con un flujo muy líquido que no supe identificar. Decidí darme una ducha relajante como prueba, a ver si eso hacía que las contracciones se parasen, ya que no acababa de creerme que estuviera de parto. Nos quedamos sin butano a media ducha, ¡con lo bien que me estaba sentando el agua calentita en los riñones! Luis cambió la bombona y ahí seguí un ratito más, hasta llamé a mi madre bajo el chorro cuando vi que aquello no se pasaba para decirle que en un ratito nos íbamos al hospital.
Terminamos tranquilamente de preparar las bolsas, nerviosos y felices, revisando que llevábamos todo. El viaje hasta el hospital se hizo duro porque sentada me dolían algo más las contracciones (si hubiera sabido lo que venía…) y cuando llegamos allí, me llevaron a monitores de urgencias. Me venían unas contracciones que yo notaba fortísimas y que dibujaban unas montañas enormes en el papelito, y Luis y yo nos mirábamos emocionados, pensando que esa misma noche nacería nuestro hijo. Al acabar me tuvieron un rato en la sala de espera, desde donde tuve que ir dos veces al baño de todo el tapón mucoso y flujo que iba soltando. Cuando llegamos a la consulta donde me iban a explorar pedí limpiarme antes, avergonzada de lo que iban a pensar de mí, y la matrona me miró raro cuando le dije que eso era el tapón mucoso.
Me exploró y mi cara debió de ser un poema cuando me dijo…que estaba de 1cm y cuello borrado al 50%. ¡Exactamente igual que el día anterior en consulta! Todas las contracciones que había tenido no servían para nada… no dilataban. Ahí me desmotivé bastante, me seguían doliendo mucho y la perspectiva de irme a casa a seguir esperando y aguantando un dolor inútil era terrible. La matrona cogió una muestra de mi flujo, diciéndome que lo había visto algo raro cuando me había limpiado, y le hizo una prueba que demostró que no era flujo sino líquido amniótico… al parecer tenía una fisura alta de bolsa.
Como no sabían desde cuándo la llevaba rota, y el protocolo del hospital es de máximo 12h antes de comenzar a inducir, me ofrecieron una inducción en ese momento, pero les convencí de que acababa de ser en la sala de espera y me regalaron 12h de espera allí ingresada antes de comenzar la inducción a las 8 de la mañana del día siguiente.
Nos dieron nuestra habitación y envié a Luis a por unos whoppers al Burger King que hay al lado de las urgencias. Sabía que debía cenar ligero, pero me apetecía darme un homenaje… ¡y me supo a gloria! Nos tumbamos juntos en la cama, él, yo y mi almohada de lactancia, con la que me había acostumbrado a dormir en el embarazo. Luis se durmió enseguida, pero a mí las contracciones no me dejaban. Dormitaba entre ellas los 4-5 minutos que me daban de tregua, pero enseguida venía una nueva que me hacía gemir de dolor. Cada vez eran más fuertes, y pasarlas tumbada era una odisea: mordía la almohada de lactancia, me retorcía… pero no quería levantarme porque si no no iba a dormir nada antes de la inducción. Además, el pensamiento de que todo ese dolor no estaba sirviendo para nada y de que no iba a estar nada dilatada por la mañana me atormentaba.
Historia de parto
A las 4 de la mañana ya no pude más y comencé a pasearme por la habitación. Luis se despertó y nos fuimos a andar por el pasillo, viendo las fotos de los bebés que habían nacido allí y pensando cómo sería el nuestro. Con cada contracción me colgaba de su cuello, el dolor iba en aumento y me costaba mucho soportarlo. Pasamos las horas alternando entre los paseos por el pasillo, la pelota y duchas calentitas en la habitación. A las 7 de la mañana vomité entero el whopper en el suelo de mi habitación, porque me coincidió con una contracción y no pude levantarme al baño. Me dolía tanto que quería morirme, y no paraba de pensar que cuando me explorasen no iba a haber dilatado nada.
A las 7:30 me pusieron antibióticos por bolsa rota y me dijeron que a las 8 vendrían a por mí. En este punto las contracciones eran ya insoportables, retorcía las manos de Luis cuando me venía una, mordía la almohada de lactancia, y me daba por levantar una pierna al aire (estaba tumbada en la cama, agotada de toda la noche sin dormir). A las 8:15 aún no había venido nadie y me puse a llorar de dolor y desesperación.
Antes del parto había decidido que no quería la epidural, primero porque deseaba un parto natural sin las complicaciones que esta conlleva y segundo porque me habían detectado en la semana 36 unos problemas genéticos de coagulación que no la hacían recomendable para mí, al menos con los valores naturales que mostraban mis analíticas. Al ingreso, la noche anterior, me habían pinchado vitamina K para ayudarme a coagular y me habían hecho una analítica, por lo que aún no se sabía si me dejarían ponérmela o no. Yo pasé el embarazo convencida de que no la quería, pero a partir de las 8:15 decidí que iba a pedirla sí o sí, sobre todo si esas contracciones tan dolorosas no estaban sirviendo para nada.
Me sentía un animal, todo me daba igual y sólo estaba concentrada en las contracciones. Luis me acercaba la cara a la mía para susurrarme palabras de ánimo pero me daban hasta ganas de tirarle del pelo y hacerle daño, así que le dije que se apartara. Con cada contracción gritaba como  nunca, me retorcía y levantaba la pierna al aire. Luis salió a buscar una enfermera al verme en ese estado, y la que estaba de guardia en planta al verme trajo corriendo una silla de ruedas. No había personal de apoyo cerca así que me llevó ella misma a paritorio corriendo por los pasillos. Recuerdo que yo llevaba las piernas súper abiertas para aliviar la presión que sentía, y un camisón de hospital que me dejaba los bajos al aire. Ella me sugirió´que cerrase las piernas ‘’porque iba enseñando todo por los pasillos’’ y yo en mi desesperación le grité como un animal ‘’¡me da igual! Me duele mucho!’’.
Íbamos corriendo por los pasillos, la enfermera empujando mi silla, yo abierta de piernas y llorando como una desesperada, y Luis en pijama (no se había duchado ni vestido pensando que la inducción iría con calma) corriendo detrás de nosotras sujetando las bolsas como podía. Debíamos de dar una imagen bastante curiosa. Al llegar al paritorio la matrona de la noche anterior, la que había detectado la fisura de bolsa, me dijo ‘’esta sí es una cara de parto.’’
Me pasaron a paritorio, recuerdo que me caían unas lágrimas enormes por las mejillas e iba gritando ‘’¡quiero la epidural! ¡He cambiado de idea!’’. La matrona me exploró rápidamente, estaba de 5cm. El alivio de saber que este dolor servía para algo, que estas contracciones me acercaban a mi hijo, fue enorme. Me di una ducha intentando aguantar, pensando que sólo me quedaba la mitad, recordando mi sueño de parir sin la epidural, pero no era capaz de soportar el dolor. Pregunté si la analítica de la noche anterior había ido bien, porque si era así me gustaría pedir la epidural.
Me dijeron que se arriesgaban porque los datos eran buenos y que en media hora estarían allí. El dolor era terrible ya. Con cada contracción, sentada en la cama porque las piernas no me sostenían, abría la boca y aullaba hacia el techo, me sentía una loba o algún otro animal, me daba igual que me oyeran o hacer el ridículo. Cuando llegó la anestesista quise abrazarla. Me explicó cómo funcionaba la epidural y aún me quedó fuerza para decirle que quería la walking, una dosis baja que me permitiera moverme. Me dijo que igual luego querría pasarme a la completa si no soportaba el dolor, porque con la walking seguiría habiendo dolores que ‘’tendría que gestionar yo sola’’. Asentí con la cabeza; quería intentarlo. Me sentía débil por no haber conseguido aguantar sin pedirla, no paraba de repetirle a Luis que lo sentía, que no lo había logrado; él me consolaba diciendo que estaba siendo muy valiente.
La epidural fue un descanso importante; seguía notando las contracciones, pero dolían mucho menos, eran como las que me habían dado en casa antes de ir al hospital. Respirando hondo y visualizando olas, pensando que cada una me acercaba a mi hijo, podía capearlas sin problema. En teoría podía andar, pero el medicamento se había ido casi todo a la derecha, de modo que la pierna derecha la tenía dormida y aletargada y en el lado izquierdo seguía notando bastante más dolor. Cuando se me acababa el efecto de un bolo sentía en la cadera un dolor que parecía que me iba a partir en dos. Cuando me daba un nuevo bolo, notaba sólo una presión tremenda.
Con la pierna dormida no podía caminar, así que me tumbaron de lado sobre la izquierda (para repartir el medicamento con ayuda de la gravedad) y me quedé pasando las contracciones en la cama. Cerraba los ojos y dormitaba los 2-3 minutos de descanso entre ellas, y cuando venía una respiraba con fuerza y visualizaba. El tiempo pasaba sorprendentemente rápido, yo estaba como en un estado zen en el que no notaba el pasar de las horas. De vez en cuando abría los ojos y había pasado otra hora más.
Ana, mi matrona, me trajo un saco calentito de semillas para la zona de la cadera izquierda, donde con cada contracción sentía que me iba a partir en dos. El tiempo seguía pasando. Luis y yo comentábamos a qué hora iba a nacer nuestro niño, ¿antes de comer? ¿Por la tarde? ¿Cuánto leches dura un parto? Porque yo llevaba con contracciones ya muchísimo tiempo.
A la hora de comer me volvieron a explorar y ya estaba de 9cm. Luis celebró la noticia, pero yo quería estar ya completa, quería conocer a mi bebé y que acabase ya todo esto. En mis ensoñaciones de olas y flores que se abren noté cómo algo se abría dentro de mí y un líquido caliente salía a borbotones. Me dijo Ana que había roto definitivamente la bolsa, y que las aguas venían algo sucias de meconio. Que no había que preocuparse porque Oli casi estaba aquí, pero que habría una pediatra presente en su nacimiento por si acaso.
Tardé un rato más en estar dilatada de 10cm, y cuando llegué pensé, ilusa de mí, que ya quedaba poco. Que lo peor estaba hecho. Se me caían lágrimas de alegría, no podía parar de llorar y de repetir ‘’hoy es el día en que voy a conocer a mi bebé. Óliver va a nacer hoy.”
Ana se fue porque la necesitaban en urgencias, y estuvo casi una hora fuera mientras yo descansaba antes del expulsivo. Me dijo que empujase si notaba presión y yo iba empujando y mirando el reloj, deseosa de que volviera y empezar el proceso final de ayudar a nacer a mi niño. ¡Esa hora sí que pasó lenta! Mis pujos eran pequeños y sin fuerzas, las agarraderas de la cama no me ayudaban, y empecé a desmotivarme.
Cuando por fin volvió Ana y empezamos oficialmente el expulsivo, ya no me quedaban motivación ni fuerzas. Llevaba ya muchas horas de parto, y me imaginaba que en dos o tres pujos tendría a mi bebé conmigo, pero no era así. Cada vez que empujaba Ana y Ainhoa, una residente de matrona también muy agradable, me animaban gritando que ese pujo había sido buenísimo, que casi lo teníamos aquí. Me llamaban mami y me jaleaban y eso ayudaba mucho al principio, pero tras una hora de pujos en la que no pasaba nada comencé a desesperarme.
Pregunté por la pediatra pero me dijeron que no venía hasta que quedase bien poco, y me di cuenta de que aún quedaba muchísimo antes de que naciese mi hijo. Llevaba ya más de una hora empujando sin que sirviera de nada. Me bloqueé y no paraba de repetir que no podía, que no iba a ser capaz, que ya no lo aguantaba más. La presión era enorme, sentía que me iba a partir en dos, y de este dolor, a diferencia del de las contracciones, no había descansos. Me trajeron un espejo para que viese la cabeza, pero apenas vi nada y eso hizo el efecto contrario: me bloqueé más. Grité a Ana que no me dijese que ya quedaba poco si era mentira, que quedaba mucho. Estaba muy desmotivada. Ella intentaba animarme diciéndome que quedaba poco para ver a mi hijo, pero ni eso conseguía darme las fuerzas que no conseguía reunir, y me sentía muy mala madre de no estar deseando conocer a mi bebé. Ana me dijo que era rubio, como yo, y eso fue de las pocas cosas que me hizo seguir empujando; Luis es muy moreno y yo no daba ni un euro porque mi pequeño se pareciese a mí.
Para entonces estaba empujando agarrada a un arco que había sobre la cama, pero yo quería ayudarme por la gravedad, y pedí la silla de partos. Tenía la pierna derecha dormida así que tuvieron que ayudarme a bajar de la cama, y Luis se sentó en el borde para abrazarme por la espalda mientras yo estaba sentada en la silla y me susurraba palabras de ánimo al oído. Ahí aguanté un rato más porque sentía que cada pujo sí servía para algo, el efecto de la gravedad era alucinante, incluso sin empujar notaba como la cabeza iba descendiendo sola arrastrada por su propio peso. Pero aun así, al cabo de un buen rato pedí el espejo de nuevo y al ver que apenas había avanzado nada desde la otra vez, me cerré en banda.
Empecé a pedir que me lo sacaran con ventosa, que ya no podía más, que el dolor era tremendo y me faltaban ánimos. Ana intentaba por todos los medios convencerme de que no, de que quedaba poco, que podía hacerlo yo sola, que era una pena después de un parto que no había sido nada intervenido, ni siquiera me habían puesto oxitocina. Pero yo ya no podía más. Lloré pidiendo perdón a Luis, diciéndole que no había sido capaz de conseguir el parto que quería, sin instrumental y sin epidural, y él me decía que era una campeona y que la decisión que yo tomase estaría bien.
Ana a regañadientes llamó a una ginecóloga, que vino sin ventosa ni nada y me dijo que quería verme pujar primero a ver qué tal lo hacía. Con su llegada había vuelto a la cama, para que pudiese trabajar mejor, así que Luis se movió hacia el frente para ver cómo iba todo. La gine me iba abriendo con los dedos, haciendo espacio para la cabeza del bebé. ¡Cómo dolía! Me pidieron un último pujo y empujé con todas mis fuerzas. Estaba agotada y cerré los ojos, pero todos gritaban que ya estaba aquí, que este pujo había sido buenísimo, que quedaba ya muy poco. Llevaban diciendo esto dos horas que llevaba ya de expulsión así que ni abrí los ojos, dije que no me lo creía y que dónde estaba esa ventosa. Luis se acercó a mi cara, abrí los ojos y vi que estaba muy emocionado. Me dijo que él lo había visto con sus propios ojos, que en ese pujo casi había salido la cabeza, que me prometía que era cuestión de minutos, que por favor lo siguiera intentando. Y me lo creí. Y lo intenté.
Empujé con más fuerza de la que he puesto nunca en hacer nada, dos empujones fortísimos hasta que sentí algo parecido a cuando se descorcha una botella, me invadió un alivio enorme, tremendo, y escuché ruiditos de bebé. No recuerdo bien si lloró, estaba en una nube. Me lo acercaron al pecho inmediatamente. Su cabecita estaba hinchada por el expulsivo tan largo, y tenía los ojos enormes, completamente abiertos, me miraban como diciendo ‘’así que eres tú mi mamá.’’ Eran las 19:45 del 11 de enero de 2017, casi 24h después de haber ingresado en urgencias con contracciones.
No podía parar de besarlo y olerlo, me parecía increíble que fuese mío y que yo sola lo hubiera parido, sin ventosas ni ayuda externa. Ana me dijo que parecía enorme (luego en planta lo pesaron: 3,850kg de puro amor), yo sólo lo veía precioso. Luis se acercó a nosotros llorando como un bebé, me besaba y me daba las gracias todo el rato por el regalo que le había hecho. Él cortó el cordón cuando dejó de latir, y Ana nos hizo nuestra primera foto de tres. Óliver se enganchó rápido al pecho y yo le abrazaba y le olía la cabecita. Ya estaba aquí mi pollito.
4 Abril, 2017
/
Next Post

Leave a Reply