El nacimiento de Kiran

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Kiran llegó a nuestra vida cuando él quiso, a su ritmo, haciéndonos saber que estaba preparado, y su parto ha sido de la misma manera: tranquilo, en calma y transmitiéndome mucha paz, como lleva haciendo todo el embarazo. Nació el día 7 de febrero de 2019, el día que mi abuelo hubiera cumplido 90 años, y yo tenía la intuición desde hacía semanas de que ese día podría ser el que escogería para venir.

Durante todo el embarazo me he preparado mucho para el parto. Soñaba con un parto sin epidural, igual que con Oli, pero mientras que en el primer parto sólo soñé y no hice nada al respecto… en este me preparé a conciencia para lograr regalar a Kiran el parto sin drogas que los dos necesitábamos. Cuando estaba de 28 semanas o así fui a un curso de voz en el parto con Esther Santiago, donde nos enseñaban técnicas de canto carnático para relajar el canal del parto relajando la garganta (porque las dos áreas están muy conectadas), y la chica que impartía nos contó que en su parto, ella no había sentido dolor. Dijo exactamente ‘’sólo intensidad, mucha intensidad, pero dolor no’’. Y yo pensé en mi primer parto y dije… no sé si esto es verdad, pero si es posible, yo tengo que lograrlo. Hoy, cinco días posparto, puedo afirmar que no he sentido dolor dando a luz a Kiran, y entiendo perfectamente lo que ella quería decir.. es intensidad, es otra cosa distinta al dolor, es una energía que te recorre y que si sabes abrirte a ella no duele, o no tiene por qué doler, porque trae vida, trae un regalo. Cuando pienso en la diferencia de sensaciones con las contracciones del primer parto a este, me doy cuenta realmente de lo poderosa que es la mente, cómo la misma sensación se puede percibir de manera tan distinta según nuestro estado mental. Con Oli me puse la epidural estando de 5cm y sentía un dolor más grande con esas contracciones que con las del expulsivo de Kiran. Ahora sé que es porque en el primer parto, cuando me venía una contracción pensaba ”no, otra vez no, por favor” y me cerraba a ella, contraía los músculos. En cambio esta vez al notar su llegada las recibía, pensaba ”sí, ayúdame a abrirme, tráeme a mi bebé” y conscientemente relajaba todos los músculos de la tripa y del canal del parto para permitirle trabajar.

El día 6 de febrero fuimos Oli, Luis y yo a dar un paseo por la tarde a ver si Kiran se animaba. Estuvimos un rato sentados en el césped y los chicos se fueron a ver un camión grúa que pasaba (el favorito de Oli) y me dejaron un ratito viendo la puesta de sol. Los colores eran especiales y diferentes, sentí que algo iba a pasar pronto, y le dije a Kiran que ya estábamos listos, que cuando él quisiera. Supe que me entendía. Como siempre, paseando me dieron contracciones indoloras, pero a diferencia de otras veces, no se pasaron al llegar a casa. Cenamos, bañamos a Oli, le di teta, le dormimos… me senté a leer, bebiendo agua y pensando en otra cosa a ver si las contracciones seguían o no, pero no se paraban. Dije a Luis que parecía que al día siguiente nacería Kiran, si todo seguía así, pero que podría ir a trabajar las primeras horas mientras yo dilataba en casa (el parto de Oli fue tan, tan largo, que pensé que este sería parecido). No sentía ningún dolor ni ninguna sensación con estas contracciones, eran iguales que las del resto del embarazo, pero me daba la sensación de que se abría un portal, de que algo estaba por venir. Decidí acostarme a ver si lograba descansar algo, pero cada rato me despertaba una contracción y no podía llegar a dormirme. A las tres y media, como no lograba dormir, me levanté y ahí sí que las contracciones empezaron a volverse más fuertes. Me duché y lavé el pelo, me comí un puñado de dátiles y me puse a hacer la bolsa de Oli (la mía y la de Kiran ya la tenía hecha), a guardar las cosas que quedaban, y a grabar en un CD mi playlist de parto. Considero que ahí empezó mi parto, porque levantada y haciendo cosas las contracciones empezaron a ser más fuertes, y tuve la certeza de que Kiran iba a nacer ese día.

Estuve de pie y guardando cosas hasta las cuatro y media o cinco de la mañana, parando con cada contracción. Apoyaba las manos en la pared y respiraba relajando los músculos. No sentía aún que necesitara visualizar, cantar ni recurrir a las técnicas de control del dolor que había aprendido. A las cinco o así me di cuenta de que estaba muy en mi mente racional, en el hipotálamo, que tenía que dejarme llevar para que el parto fuera rápido. Dejar de organizar y de pensar, irme a mi cueva, sentir las contracciones. Para mí en este parto ha sido clave sentirlas y recibirlas, darles la bienvenida. No quería evadirme, no deseaba estar en otro sitio, sólo me concentraba en las sensaciones y me imaginaba cómo esa fuerza de la vida abría el canal de parto con cada contracción.

Me fui a mi cueva, el salón lleno de cojines cómodos, agua fresca y agua de coco, estaba a oscuras excepto la luz de una lámpara de sal. Pedí a Luis que no me hablara, quería irme hacia dentro. Ahí empezaron a ser bastante intensas ya las contracciones. Las recibía feliz, sólo podía sentir con el cuerpo, no pensaba con la cabeza. Algunas las pasaba sentada visualizando como con la inspiración mi útero se llenaba de luz y energía luminosa, y con la expiración sacaba el dolor de mi cuerpo, lo purgaba. Otras me colgaba del cuello de Luis y me esforzaba por relajar todos los músculos para permitir que la contracción trabajara y abriera. Cantaba ‘’ahhhh’’ como había aprendido en el curso de voz en el parto. Mi mantra era ‘’puedo soportar cualquier cosa durante un minuto.’’

A las cinco había llamado a mi madre, que fuera viniendo pero con calma. Llegó a las seis, y se quedó un poco alucinada de verme como en trance. A veces me ponía a cuatro patas con una contracción, otras cantaba, otras me colgaba de Luis… lo que me pedía la intuición en ese momento. Había conectado mucho con mi yo mamífera y me dejé llevar. Las contracciones eran ya bastante seguidas pero como no sentía ese dolor brutal que noté con Oli a los 5cm, pensé que estaría aún de muy poquito. Pero vivimos a 35 minutos del hospital y no queríamos coger el atasco de la mañana, así que salimos a las 6 y media. Salir al frío de la calle fue un shock, entrar en el coche donde no podía moverme… recuerdo que me acordé de mi amiga Beatriz Millán y pensé ‘’en el próximo parto no me saca de mi casa ni Dios.’’

Camino del hospital escuché mi playlist de parto. La había escuchado tantas veces visualizando el parto, que me parecía increíble oír la música notando las contracciones ya. Kiran estaba tan cerca… Me dio mucha fuerza y seguridad en mí misma, sobre todo la canción Sabemos parir de Rosa Zaragoza que había sido mi mantra todo el embarazo. Hoy la escucho y se me pone aún la piel de gallina…

Cuando llegamos allí eran ya las siete de la mañana. Todo era ya muy, muy intenso. Yo quería hacer cueva, que me dejaran un rincón oscuro y en silencio, y me dejaran parir tranquila. Las luces me molestaban, las voces, los pasos, las preguntas… quería volver a mi salón. Menos mal que Luis lo sabía y hablaba todo por mí, respondía a todas las preguntas, y me dejaba aislarme en mi planeta parto, porque yo estaba muy ida. Casi no abrí los ojos en ese rato, el cuerpo me pedía tenerlos todo el rato cerrados. Hicimos el ingreso rápido, tensión, preguntas sobre frecuencia y duración de las contracciones (nunca llegué a medirlo, estaba muy ocupada sintiéndolas)… yo seguía a mi bola, si me venía contracción me colgaba de Luis o me ponía a cuatro patas, aunque el personal sanitario me mirara raro. Después de un paseo interminable hacia paritorios, a mi ritmo, me hicieron un tacto y estaba de 8cm. Eran las 7 y media. Luis me abrazó muy feliz, diciéndome que lo estaba haciendo fenomenal, que esto casi estaba, que iba a lograr mi sueño de parir sin epidural. A la enfermera le cambió un poco la cara (yo creo que al principio se pensaba que estaba exagerando un poco) y me dieron un camisón y empezaron a llenar la bañera de partos, porque yo quería parir en el agua. Pasé del camisón y pedí una goma del pelo, pero como no había me hice un moño con una goma de oficina que me dieron. Camino a mi paritorio me dieron dos contracciones con las que me puse a cuatro patas en el pasillo, enseñando el culo a todo el mundo, recuerdo que me acordé del parto de Oli cuando iba en la silla de ruedas enseñando todo por el pasillo y pensé ‘’ya es tradición enseñar el culete a todo el mundo en este pasillo, aquí estoy otra vez…”

Estas contracciones eran ya muy, muy intensas. Yo seguía relajando todos los músculos cada vez que venían, cantando y visualizando el útero llenarse de luz al inspirar, y el dolor saliendo de mi cuerpo al expirar. Cuando llegué al paritorio fui al baño a hacer pis y me di cuenta de que estaba sangrando, y pensé ‘’ya está, ya casi estás aquí.’’ La bañera tarda un rato en llenarse así que me puse en la ducha y Luis me daba con el agua en los riñones. El cuerpo me pedía estar en cuclillas, abrirme todo lo que pudiera. Estando de pie notaba ya que Kiran estaba muy abajo, necesitaba separar las piernas, no podía sostenerme erguida.

La matrona intentaba ponerme un monitor para escuchar a Kiran pero durante la contracción me dolía mucho y la apartaba todo el rato (la pobre fue tan amable conmigo a pesar de todo…), y el intervalo entre contracciones era muy corto, sólo unos segundos, y no le daba tiempo. Lo cierto es que fueron muy pacientes, porque no me dejaba hacer nada, ni tocarme siquiera. Tenían que cogerme una analítica de urgencia por mi problema de coagulación pero no me dejaba tampoco, me costó un esfuerzo sobrehumano después de varias contracciones extender el brazo y dejar que me pincharan, me sentía tan mamífera, mi cuerpo estaba haciéndolo todo él solo, solo necesitaba que me dejaran en paz, en cuclillas en la ducha… de repente mi útero empezó a empujar él solo. Me di cuenta de que estaba ya muy cerca. Pregunté por la bañera pero aún no estaba llena. Estaba agotada y las contracciones no me daban tregua… ya casi no había intervalo entre ellas, duraba sólo unos segundos el descanso. Dije a Luis que no podía más y me dijo que sí que podía. El cuerpo me pidió empujar, se lo dije a la matrona y me dijo que hiciera lo que me pidiera el cuerpo, que él sabía hacerlo todo, así que empujé. Empujar me aliviaba el dolor pero tenía que haber respirado más e ido más flojo, y noté cómo me desgarraba un poco. Bajé la mano y toqué la cabeza, me asombró tanto! Grité ¡está aquí la cabeza! y la matrona se arrodilló a mi lado. Tuve dos contracciones que ardían, y pensé ‘’el aro de fuego, ya casi estamos’’. La matrona sólo miraba y me decía que todo era normal, que lo estaba haciendo muy bien. En dos contracciones salió la cabeza, al ver que tenía pelo, y que era moreno, tal y como le había visualizado todo el embarazo, me dio un escalofrío… le sujeté la cabeza con la mano, y entonces hubo un momento de calma, en el que Kiran estaba medio dentro, medio fuera de mí, pensé ‘’se acaba nuestro abrazo de nueve meses’’ y me acordé de la canción Respiras y yo de Rosana, que venía escuchado en el coche, que dice ‘’me acerco a la luz, me alejo de ti, te cambio por eso que llaman vivir…’’. Sentí que se había detenido el tiempo viendo su cabecita asomar en mi mano. Duró sólo un minuto o así y con la siguiente contracción salió su cuerpecito y yo misma lo cogí y lo subí a mi pecho. Eran las ocho de la mañana. Seguía en cuclillas en el suelo de la ducha, no me había dado tiempo a llegar a la bañera. A los tres o cuatro minutos cayó la placenta, la matrona la recogió y me fui andando con Kiran en brazos hasta la cama, mientras ella llevaba la placenta, que seguía unida a Kiran por el cordón. Se enganchó enseguida y dejamos latir su cordón 35 minutos antes de cortarlo. No me podía creer haber tenido un parto tan corto, tan rápido, tan libre de todo, habiéndome dejado llevar por mi instinto, sin que nadie me pinchara nada ni me dijera qué hacer ni cómo hacerlo, ni dónde ponerme, ni en qué postura, ni cuándo empujar… todo lo habíamos hecho mi bebé y yo, siguiendo nuestro instinto ancestral de generaciones y generaciones de mujeres dando vida de la misma manera que yo acababa de hacerlo. El parto de mis sueños… la experiencia de la bañera me quedó por vivir, pero estoy feliz de que Kiran naciera como quiso, a la hora que quiso, cuando estuvo listo. Luis fue un compañero magistral, nos habíamos preparado mucho en el embarazo para este momento, cómo quería que me acompañara, de qué manera podía estar ahí mejor para mí, y lo hizo mejor de lo que nunca hubiera esperado. Me mantuvo hidratada ofreciendo agua todo el rato, habló por mí con todo el mundo para que yo pudiera concentrarme en mi cuerpo abriéndose, me sostenía en cada contracción, protegió el cordón de Kiran como yo le había pedido para que aguantaran sin contarlo todo lo que se pudiera…

Días después del parto de Oli, recordarlo era como recordar un accidente de coche. Mis recuerdos (al margen de lo precioso del momento, que por supuesto fue maravilloso, me refiero más a la parte física) eran de miedo, dolor, desesperación… Hoy, que han pasado cinco días del parto de Kiran, me encanta recordarlo porque lo pienso y siento paz, poder, fuerza… y esta sensación de ser una súper mujer y de que si he hecho esto, podré con todo, es maravillosa. Este parto me ha traído dos regalos (aparte de Kiran, por supuesto): esta certeza de poder con todo lo que me proponga, y un asombro enorme ante la habilidad que tiene la mente de influir sobre el cuerpo, hasta el punto de cambiar completamente la percepción de una sensación… un tema sobre el que voy a profundizar porque me ha llenado de curiosidad. Este parto me ha empoderado y me ha llenado de fuerza, ha sido un regalo y me ha sanado para siempre el miedo al dolor y al parto en general. Durante el primer embarazo no tuve miedo, confiaba en mi cuerpo, pero este segundo embarazo el recuerdo del dolor y la longitud del primero me tenían asustada. He hecho mucho trabajo de preparación con este tema durante el embarazo y gracias a este parto maravilloso siento que mi próximo embarazo será calmado, tranquilo y sin miedo, porque ahora sé que puedo, como podemos todas las mujeres.

15 febrero, 2019
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